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Colombia en una taza: economía, territorio y sostenibilidad del café según la mirada UNAD
¿Qué significa realmente el café colombiano?
No solo es aroma y sabor, tampoco es solo exportación o paisaje, el café, en Colombia, es un sistema de vida que atraviesa generaciones, economías locales, tejidos sociales, dinámicas comerciales, cultura ambiental y visión de país.
Pero, ¿estamos viendo esa taza con todos sus matices?
En el artículo “Mirada a los aspectos económicos, financieros, sociales y ambientales del cultivo del café en Colombia – 2022”, los investigadores Julio César Montoya Rendón, Carlos Fernando Archila Villalobos y Fabio Alberto Rojas Ledesma, de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD), nos proponen una lectura profunda, crítica y actualizada sobre el verdadero rostro de la caficultura nacional.

1. Un motor económico que no siempre arranca parejo
El café representa el 10 % de las exportaciones colombianas y es símbolo país. Pero, como dicen los autores:
“Aunque el precio del café alcanzó niveles históricos en 2022, los costos de producción también aumentaron de forma desproporcionada, entre un 30 % y un 70 %, disminuyendo las ganancias de los caficultores” (p. 153).
Es decir, mientras en el mercado internacional el grano se cotiza como un lujo, en muchas fincas cafeteras colombianas el balance sigue en rojo; el café se exporta con éxito, pero el pequeño productor sobrevive con dificultad.
Además, se calcula que:
“El caficultor recibe entre el 6 % y el 10 % del valor total generado por el comercio internacional del café” (p. 150), una proporción que evidencia el desequilibrio entre la cadena productiva y el beneficio final.
2. Costos financieros y riesgo de sostenibilidad
La economía cafetera está sujeta a una alta volatilidad: precios internacionales, inflación local, encarecimiento de insumos y acceso limitado a herramientas financieras. Los autores lo explican así:
“Los fertilizantes y agroquímicos registraron aumentos históricos que impactaron directamente en los costos de producción y redujeron la rentabilidad del negocio cafetero” (p. 153).
Y aunque existen políticas de apoyo como el Ingreso Mínimo Garantizado, estas no siempre logran cubrir las brechas estructurales:
“La brecha entre los costos de producción y los precios de venta requiere no solo subsidios ocasionales, sino estrategias financieras sostenidas que fortalezcan la autonomía económica del caficultor” (p. 154).
3. Una red social que sostiene territorios enteros
El café no es solo economía: es arraigo, familia, educación, empleo y cultura comunitaria.
“Más de 2 millones de personas en Colombia dependen directa o indirectamente del cultivo de café” (p. 152),
con aproximadamente 730.000 empleos directos en zonas rurales.
Los caficultores, como expresan los autores, no son solo trabajadores agrícolas:
“Son gestores del territorio, líderes comunitarios y guardianes de una tradición que sostiene el equilibrio social de regiones enteras” (p. 151).
No obstante, la realidad de muchos de ellos dista de la imagen idealizada que proyecta el producto:
“El 64 % de las familias cafeteras se encuentra por debajo del ingreso digno anual definido por la FNC” (p. 152).
4. El precio ambiental de una taza
En medio del reconocimiento y el orgullo, el artículo también advierte con claridad los retos ambientales que enfrenta la caficultura:
“El modelo productivo actual, basado en el monocultivo, ha generado impactos significativos sobre los ecosistemas, disminuyendo la biodiversidad y aumentando la vulnerabilidad ante el cambio climático” (p. 157).
En algunos casos, se identifican prácticas poco sostenibles como la tala de árboles de sombra, el uso intensivo de agroquímicos y la presión sobre fuentes hídricas. Todo esto bajo la urgencia de sostener una producción cada vez más demandante.
“El café colombiano, si bien es símbolo de calidad, también debe transformarse hacia prácticas agroecológicas que integren sostenibilidad y justicia ambiental” (p. 157).
5. ¿Y entonces, qué podemos hacer?
Este estudio no pretende juzgar la caficultura. Todo lo contrario: invita a reconocer su complejidad y a actuar con conciencia.
El artículo cierra con una idea poderosa:
“El fortalecimiento del sector cafetero exige una mirada integral que articule políticas públicas, innovación, participación comunitaria y prácticas ambientalmente responsables” (p. 158).
Desde el Estado hasta el consumidor, desde el mercado internacional hasta las universidades, todos tenemos un papel que cumplir para que esta historia —que comienza en la montaña y termina en una taza— siga teniendo sabor a esperanza, no a desigualdad.
6. Un llamado a valorar el origen
Si el café hace parte de nuestra identidad nacional, entonces también debe ser un tema de conversación constante, política pública informada y consumo consciente.
La próxima vez que bebas una taza de café colombiano, pregúntate quién lo cultivó, en qué condiciones y qué historia hay detrás.
Y si no sabes la respuesta, quizás sea momento de comenzar a buscarla.


