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Por: Vanessa Méndez 

Al ingresar, se observan almas sin rumbo que vagan entre pasillos sin salida, como en un laberinto. Un hombre pálido por falta de sol hojea un libro mientras otro grita que es hora de ingresar a las celdas. Hace varias horas amaneció, pero en este lugar el ambiente es inexpugnable ante la luz del día: frío y lúgubre. Así es la Picota, una de las cárceles más hacinadas del país.

Foto pieza

[Foto tomada de: https://bit.ly/2EiGjiA]

Es una mañana soleada. La ciudad conserva su esencia urbana, caótica y de constante movimiento. La escena está acompañada por el ruido del tráfico, vendedores ambulantes y por supuesto, los afanes de conductores, ciclistas y peatones, quienes no deparan en llegar pronto a sus destinos.

Mientras tanto, un grupo de profesores de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia se dispone a cumplir una de sus citas habituales: la tutoría de filosofía para un grupo selecto de estudiantes que esperan con ansias su llegada.

En la localidad Usme de Bogotá, se cumple una cita inaplazable. Los docentes preparan sus mejores estrategias para la lección que será dada a sus estudiantes en contados minutos. Quizá, no solo una lección acerca de los diálogos de Platón, Zaratrustra de Nieztsche, la ética de Sócrates o la fenomenología de la vida. Las lecciones estarían acompañadas por una serie de discursos acerca de la vida, los sueños, el futuro y la libertad.

El escenario no es el típico salón de clases con tablero y video beam para acompañar la explicación de imágenes y diapositivas, cómodas sillas y amplios ventanales. Contrario a ello, el escenario es el Centro Penitenciario La Picota en Bogotá y los estudiantes, las personas privadas de la libertad que en la educación hallaron la redención de su historia, su pasado y su condena.

Esto es posible gracias a un convenio entre la UNAD y el INPEC desde el 2012, en el cual, los internos pueden hacer una carrera tecnóloga o profesional, mientras pagan su condena.

Primera parada: los docentes tramitan su autorización de ingreso. Como si fuera un ritual, todos se quitan los zapatos, las correas, la chaqueta y son requisados uno a uno. Tienen listo su documento de identificación y su carné, pasan con un dragoneante que toma sus huellas y verifica los datos. Más tarde son marcados con sellos y enseguida determinan el pabellón de destino al que se dirigirán por grupos.

Al ingresar, observan almas sin rumbo que vagan entre pasillos sin salida, como en un laberinto. Un hombre pálido por falta de sol hojea un libro mientras otro grita que es hora de ingresar a las celdas. Hace varias horas amaneció, pero en este lugar el ambiente es inexpugnable ante la luz del día: frío y lúgubre. Así es la Picota, una de las cárceles más hacinadas del país.

La estructura produce temor por la imponente altura de sus muros, el sonido de candados y cerraduras, incontables rejas azul oscuro oxidadas y las pequeñas ventanas desde donde algunos prisioneros asoman sus rostros. Sin lugar a dudas este es un lugar poco común para aquellos que tienen la libertad a la orden del día.

Cárcel La Picota en Bogotá. 960x750

[Foto tomada de:https://bit.ly/2swzliU]

Erón es uno de los pabellones de máxima seguridad de La Picota. Allí habitan aquellos presos que han cometido los crímenes que pagan mayor condena dentro del Código Penal: secuestro, homicidio, tortura, traficación y porte ilegal de armas de fuego, concierto para delinquir, entre otros. Es el lugar de las personas consideradas de “alta peligrosidad”.

Erón destaca por su fétido olor. Mientras se recorren sus pasillos, más insoportable se hace. A la derecha, una inmensa reja azul oscura, alberga en su interior rostros de hombres expectantes por los visitantes, como si fueran trapecistas dispuestos a sumar a la euforia colectiva. A la izquierda, sobre el pasillo que recorren los profesores a menos de un metro de distancia, deambulan algunos internos que observan detenidamente a los recién llegados. Un hombre sentado en una silla de ruedas los saluda mientras sobresale de su mejilla derecha un tatuaje de cruz y un mechón de cabello que reposa sobre su ojo.

Todos allí adecúan el rostro ideal a cada situación existencial. En Erón el ruido como el silencio lucen siempre de la misma manera: condena, desdicha, soledad, odio, rencor y quizá, resignación. La libertad cobra mayor significado cuando se recorren los pasillos de este sombrío lugar. 

Luego, la vida pareciera escaparse entre el pasar del tiempo, las visitas los domingos y los sueños sin cumplir. Allí la existencia siempre remota al mismo punto, ese retorno de la vida al que se refiere el escritor Milán Kúndera: “Una vida que desaparece de una vez para siempre, que no retorna, que es como una sombra que carece de peso”. Un ideal de eterno retorno utópico, sin salida, sin alcance, y, en resumidas cuentas, imposible.

Al bajar por unos largos pasillos grises como de pavimento, los profesores se aproximan al salón en el cual los estudiantes están listos para recibirlos. Es un espacio pequeño con mesas con computadores blancos, sillas y algunos escritorios. En uno de los costados hay una cafetera desde la cual uno de los internos sirve tinto en vasos desechables al grupo de maestros. Aunque este lugar denota una sensación distinta, conserva la oscuridad típica del pabellón, el inexpresable olor y la ligera sensación de querer salir de allí.

“Estoy absolutamente convencido de que la ciencia y la paz triunfan sobre la ignorancia y la guerra, que las naciones se unirán a la larga, no para destruir sino para edificar y que el futuro pertenece a aquellos que han hecho mucho por el bien de la humanidad”, es el fragmento de Louis Pasteur, escrito con vinilo en la parte superior de la pared izquierda del lugar.

Rostros difuminados entre el gris tan acentuado del espacio convergen entre sí. Aquí se derrumban esquemas diferenciales entre lo ético, moral, el deber ser y la justicia humana. Aquí entre paredes de concreto y rostros sin rumbo persiste una idea, una bombilla que intermitente comienza a hacer fuerza para iluminar y abrir brecha: la educación es la protagonista de la redención de culpas.

Educación como Redención

carcel educacion

[Imagen tomada de:https://bit.ly/2Mfn77A]

Cabello rubio tinturado que llega a los hombros, tez delgada, ojos cafés con protuberante delineador -pero insuficiente para maquillar su tristeza-  blusa, short y medias veladas negras, está lista para recibir su clase de filosofía. Sofía es una mujer trasngénero de La Picota que cursa décimo semestre de Licenciatura en Filosofía y se ha convertido en activista por los derechos de aquellos que al igual que ella, sintieron haber nacido en el cuerpo equivocado.

Con 32 años está destinada a pasar muchos años de su vida en Erón. No hay cielo que responda a sus plegarias ni luna que la envuelva. En su lecho asume la decisión que en el Tribunal de Justicia le dictó un juez: pagar una condena de 50 años. Este pabellón es su infierno, su destino, su hogar o su tortura.

Con la femineidad propia de una mujer, Sofía representa un símbolo de lucha, resistencia y activismo político que ha logrado como resultado de su formación profesional y largas horas de lectura. Entre hojeadas y conversaciones con escritores de libros, recuerdos y desdichas, Sofía ocupa su tiempo en aprender y buscar la forma de hacer menos eterno el tiempo libre en prisión.

Apresurada, busca la carpeta de guías decorada con adhesivos y letras destacadas. Un grupo de maestras la saludan con un profundo abrazo. Quizá el que una madre da a su hijo a pesar de sus errores o aquel que un buen amigo brinda a su “pana” en una indefinida despedida. Aquel que solamente proviene del alma, que no distingue, solamente fluye y se hace real. Ese abrazo que en Sofía cobra vida entre paredes y cerrojos.

Como un “alma que habla con los ojos” Sofía denota tristeza y soledad. Sus sonrisas son las lágrimas que la visten todos los días. Conversa con los profesores y aclara algunas dudas sobre las lecturas. Las maestras de la UNAD hacen posible que el espacio cobre vida y con entera disposición, paciencia y escucha tienen convicción de una verdad innegociable: la educación es el camino seguro para la resocialización de los mortales.

Sofía es inteligente. Con perspicacia defiende su criterio. Gracias al estudio ha logrado ganar espacios importantes en la cárcel. Es activista y gestora de iniciativas a favor de los derechos de los transgénero.

- “Voy a cumplir 8 años de estar aquí. Estoy estudiando hace cinco. Logré el subsidio del INPEC y la UNAD y me puse a estudiar pila todos los semestres. Me gustó la filosofía y despertó muchas cosas buenas en mi vida, me dio pensamiento crítico frente a lo que soy como persona, como mujer y frente a la sociedad que me rodea.  En realidad, nosotras hemos ganado aquí muchos espacios, como por ejemplo ejercer la garantía de los derechos. Aquí las personas que nos cuidan, que son los guardias, la mayoría piensan que porque somos personas que estamos detenidas dejamos de ser sujetos de derechos y lo que no saben es que se nos limita la conmoción, pero que seguimos siendo ciudadanas y sujetos de derechos y garantías” señala Sofía mientras retira un par de cabellos de su rostro.

Para Sofía el estudio se ha convertido en un todo. Las rejas no impiden que su mente ejerza la libertad de pensamiento y conozca nuevos mundos.  Sofía habla sobre el día a día en Erón mientras su voz se entre corta:

- “Más que una rutina esto es un dejavú. Sientes como si todo se repitiera, todos los días son iguales. Yo me levanto, ocurre como una epifanía y luego, lo primero que veo son las paredes del dormitorio donde estoy. Yo misma digo como ¡ay me desperté!, o sea, yo mientras sueño me desconecto de la realidad, pero cuando me despierto vuelvo otra vez a lo mismo. Es horrible” afirma.

Sofía como muchos internos de La Picota ha aprendido a sobrevivir en Erón:

- “Con la mayoría de la gente yo no soy amable. Las personas que pertenecemos a colectivos de identidades de género distintas, somos personas complicadas, llenas de mucho dolor, resentimiento y nos hemos cargado de muchas cosas malas” asegura la estudiante de Filosofía.

La cárcel es una radiografía de todo lo que existe en el entorno, en la sociedad y en el mundo. La maldad es la protagonista y se evidencia de todas las formas posibles:

- “Yo siempre viví en un mundo de mierda pero preferí ignorarlo para no hacerme daño, pero aquí tú no puedes ignorarlo. Me duele cuando me dicen la ´marica´, gay, loca. Es decir, si yo aquí tengo un problema no tengo a donde irme, o sea, yo más allá de una esquina no me puedo ir entonces yo tengo que sacar eso” señala.

picota

[Imagen tomada de: https://bit.ly/2AMfqRx]

Tal vez el estudio no le otorgue a Sofía la libertad física, ni le asegure una salida pronta de Erón. Sin embargo, la redime, la hace más consciente de los errores que cometió en el pasado y que comente en el presente.

-“Cuando llega la noche, me acuesto en mi cama y pongo mis pensamientos en calma, yo me siento mal de ver en lo que me estoy convirtiendo de ser así tan dura.  Por ejemplo, hoy yo tuve una discusión con alguien y le dije cosas feas y yo sé que en la noche, cuando ya esté más tranquila, cuando no tenga con quién hablar, cuando no tenga a donde huir voy a pensar en lo que hice hoy y me voy a sentir mal con lo que le dije a esa persona; pero también digo, es un mecanismo que mi ser ha encontrado, para protegerme de muchas cosas”.

Los profesores de la UNAD reconocen el potencial de Sofía y destacan el desarrollo personal que ha logrado gracias a su formación. Ella alberga en su mente la mayor lección de su vida: decisiones determinan destinos.

El tiempo se agota y las profesoras aún tienen dos pabellones por recorrer. Se despiden de Sofía con el mismo abrazo y van saliendo apresuradas del lugar. Ella se queda sentada allí acompañándolos con la mirada hasta el último muro que sus ojos ven.

A punto de salir del lugar se encuentra Julián quien no solo está a punto de graduarse como profesional de la UNAD, sino que está a puertas de cumplir su condena. El homicidio es la razón por la que está en Erón: - “o era él o era yo”- menciona mientras cierra la agenda y se acomoda en la silla.

Julián afirma que los profesores han hecho una labor muy importante en su formación:

- “Yo terminé la tecnología y estoy terminando el programa profesional de Administración de Empresas. Llevo 5 años y 7 meses en La Picota. El estudio lo saca a uno de este entorno, siento que estoy siendo productivo y que estoy creciendo personal y profesionalmente. Aparte de eso, le estoy dando un ejemplo a mis hijos y a mi familia. Gracias al estudio yo soy otra persona y sé que cuando salga de aquí todo será diferente, porque yo ya soy diferente” menciona Julián.

Las tutorías de los profesores de la UNAD en La Picota representan sin lugar a dudas, un acto de paz, reconciliación y perdón. La vocación de un maestro resarce de las cenizas las mejores composiciones y obras de arte.

La educación redibuja y transforma. Las huellas de estos docentes se hacen imborrables en la vida de aquellos que privados de la libertad, no tienen otro referente al que acudir para cambiar de vida que a ellos.

El compromiso con la construcción social es una tarea escasa por estos días. Romper fronteras a través de la educación es una labor que pocos desean asumir. La existencia puede ser tan sublime o tan miserable, decadente y lúgubre como aquella que se desvanece entre pasillos, cerrojos, pavimento y ropa tendida del Erón. Aquí, quizá la única oportunidad de retorno de existencia, es hallada entre libros de filosofía y notas sobre el papel.

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